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Solo era mi novio en las malas.

Solo era mi novio en las malas

Ahora que estoy enferma, ¿por qué mi antiguo ligue me cuida con la devoción de un esposo?

An illustration of a woman in a hospital bed with a man standing over her. She looks wary as he presents her with an abundance of gifts: flowers, chocolates, a teddy bear.

Desenredé mi vía intravenosa de la máquina y volví cojeando hacia mi ruidosa cama de hospital, dirigiendo mi mirada al Empire State Building para evitar hacer contacto visual con el hombre en el sofá.

No había visto a Kevin desde hacía más de ocho años, cuando salimos juntos durante un par de meses, pero él había estado viéndome desde entonces, en Instagram y en librerías y, más recientemente, en GoFundMe, donde se enteró de que tenía cáncer metastásico avanzado y que una serie de complicaciones relacionadas con la quimioterapia me seguían enviando al hospital.

Nuestra última conversación fue cuando nos encontramos para decirle que ya no podía verlo. Esa vez lo había visto en una cafetería cuando al parecer estaba en una cita con alguien. Por teléfono, reconocí que nunca habíamos hablado de exclusividad, así que él no estaba en problemas por eso. Fuera una cita o no —según él, se había encontrado con una vieja conocida—, le dije que nuestra relación casual no me funcionaba. Intuí que eso era todo lo que él podía ofrecer, y no discrepó.

Después de eso, no volvimos a hablar hasta el pasado julio, cuando entró sin avisar a mi habitación del hospital como si fuera una alucinación.

Como estaba conectada a un dispositivo que permite a los pacientes graves pulsar un botón para recibir analgésicos por vía intravenosa, tenía un fino tubo de plástico bajo la nariz que controlaba mi respiración. Si mi respiración se volvía demasiado lenta, sonaba una alarma y una enfermera acudía para asegurarse de que estaba bien. Debido a la naturaleza de mis infecciones, las enfermeras también controlaban mi actividad en el baño.

Así que, con mi bata de hospital manchada de baba, llamé a la enfermera para hablar de mi movimiento intestinal en presencia de un hombre con el que una vez me acosté en un festival de música. Mientras ese hombre le hacía conversación casual a mi padre, yo hojeaba la pila de libros para colorear de Pedro Pascal que me había traído, junto con flores, pasteles y un peluche de Kirby.

Era evidente que Kevin había prestado mucha atención a mis historias de Instagram, en las que aparecían Kirby y Pascal. Lo había dejado de seguir en esa plataforma poco después de aquella vez que lo vi en la cafetería con otra mujer, así que no sabía nada de su vida, excepto que parecía seguir siendo alto.

Una semana antes, había iniciado el contacto enviándome un mensaje de texto cuando yo estaba en el hospital en plena sepsis. “Siento mucho que estés en el hospital otra vez”, me escribió. “Dime cómo puedo ayudarte (llegué tarde con esa oferta, pero lo digo muy en serio)”.

Empezamos a mandarnos mensajes, y 24 horas después de mi alta tuve que ir corriendo a otro hospital para operarme. Me encontró en mi habitación —cuyo número no le había dado— cargado de regalos.

Quería esconderme. Con la cabeza calva y las mejillas cubiertas de saliva, no había tenido tiempo suficiente para calibrar mi tolerancia a ser vista por alguien que alguna vez quise que me encontrara guapa.

“Papá, este es mi amigo Kevin”, dije.

No intenté explicar nuestra historia a mi padre. El único recuerdo claro que tenía de nuestro romance era haberle preguntado: “¿Puedes decir, aunque sea, una cosa buena de mí?”. Y el silencio posterior.

Kevin vino al hospital todos los días a partir de entonces, a veces antes y después del trabajo, con golosinas y Gatorade azul, que yo bebía diluido con una taza llena de hielo picado del hospital. Aprendió a preparar ese cóctel sin que yo se lo pidiera, controlando el nivel del líquido azul de mi vaso y entrando en acción cuando quedaba menos de la mitad. Hablamos de su trabajo, de mi nuevo libro, de mis niveles de dolor, de su vida sentimental, de mis niveles de dolor, de mis náuseas, de mi cáncer, de mis niveles de dolor, de mis niveles de dolor.

Cuando la enfermera dijo que me iban a dar el alta —una posibilidad aterradora, dado que siempre tenía que volver corriendo días después—, se ausentó del trabajo para ayudarme a llegar a casa. En el Uber me dolía sentarme erguida, así que apoyé la cabeza en su regazo, una postura que se convirtió habitual en los siguientes viajes. Tenía el muslo rígido, casi tenso. Me rodeó con el brazo y nos ablandamos.

De vuelta en mi departamento, me dijo que no volviera sola al hospital, que debía llamarlo primero, incluso en mitad de la noche. Siendo soltera en una sociedad patológicamente orientada hacia el amor romántico, y con mi familia fuera del estado, no sentía que tuviera una persona a la que pudiera llamar a las 4:17 a. m. para que me llevara a urgencias si las cosas se ponían feas, una persona cuyo trabajo fuera cuidar de mí, aunque tuviera muchos amigos maravillosos que me apoyan y me quieren.

¿Tenía un amigo que pasara por mi departamento a la medianoche para asegurarse de que mis luces estaban apagadas y de que no estaba despierta con un dolor insoportable? No, pero Kevin lo hacía por mí. ¿Tenía una amiga que buscara mis medicamentos, recogiera mi ropa en la lavandería, me comprara un sinfín de Twizzlers y pomadas vergonzosas para el trasero sin que se lo pidiera? No, pero Kevin también lo hacía.

Algunos amigos se habían vuelto distantes. Me preocupaba que la magnitud de mi necesidad fuera insoportable para algunos. No podía entender por qué ese antiguo amor reacio al compromiso me trataba con el cuidado y la devoción de un marido de 40 años.

Le di mis llaves y se convirtió en mi principal cuidador. Durante las largas estancias en el hospital, se mudaba a mi departamento para cuidar de mi traumatizada chihuahua, ganándose su amor con (demasiado) pollo. Y cuando yo volvía, encontraba un departamento impecable, encontraba envases de Tupperware con gomitas en la mesa y todos mis productos cosméticos ordenados. Cuando veíamos juntos el Abierto de Estados Unidos, mencioné de improviso que algún día quería volver a jugar al tenis. Dos días después, una raqueta y pelotas de tenis llegaron a mi puerta.

Los días posteriores a la quimioterapia, mientras yo languidecía en el sofá, a veces lo veía de rodillas fregando el suelo o limpiando a fondo el antiguo aire acondicionado, que me preocupaba que fuera cancerígeno. A veces me besaba la cabeza.

“Creo que soy fácil de gustar, pero difícil de querer”, le dije un día. Me sentí particularmente comunicativa después de una hora de haber tomado mi medicamento para el dolor, al que nos referíamos como “la hora del suero de la verdad”.

“No te lo tomes a mal”, me dijo. “Pero creo que en realidad es todo lo contrario”.

Naturalmente, me lo tomé a mal —“¡Cree que soy antipática!”— y puse mala cara. Luego consideré la otra opción: “¿Cree que soy adorable?”. Tardó casi una década, pero Kevin había aprendido a decir algo lindo sobre mí.

Mi gran temor pasó a ser que él desapareciera. Las personas ya habían hecho maniobras como esa antes, estableciendo conexiones contra mi voluntad y escabulléndose cuando las necesitaba. ¿Realmente le haría esto a un paciente de cáncer? No lo sabía. Había cosas que le hacía a un enfermo de cáncer que yo probablemente no haría, como decirle: “Te ves guapa a pesar de ser una moribunda”.

Otra cosa buena de mí, supongo. Estuvo junto a mi cama cuando volví a estar acurrucada en urgencias. No me importó que dijera que me estaba muriendo; en ese momento, ansiaba la muerte. Pero ya me sentía muy insegura de mi aspecto, tan enferma y calva.

Meses más tarde, Kevin me llevó a mi última quimio y me grabó tocando la campana, un rito de los enfermos de cáncer para celebrar el final del envenenamiento. Ese fin de semana, en mi cumpleaños, me regaló una piñata llena de caramelos, calcomanías de concientización sobre el cáncer que sabía que me parecían repulsivas y dulces para que mi chihuahua se sintiera incluida. Sus visitas eran cada vez menos frecuentes y mi corazón se tambaleaba, como hace ocho años.

Con mi enfermedad finalmente estable, nuestra relación tenía que ir más allá del paradigma paciente-cuidador, y me preocupaba que se hubiera vuelto demasiado aterradora para él, ahora con menos barreras para la intimidad física y emocional.

Hace poco lo cité en mi departamento para mantener una conversación como la que puso fin a las cosas, salvo que esta vez ambos dijimos: “Te amo”. A pesar de haber actuado como mi marido durante cuatro meses, Kevin dijo en ese momento que tenía miedo de una relación conmigo.

“No quiero meter la pata”, dijo. “Acabaría por decepcionarte”.

Semanas después, vino conmigo a una biopsia quirúrgica. La recepcionista preguntó: “¿Cuál es la naturaleza de su relación?”. Miré para otro lado, a fin de castigar a Kevin con la carga de tener que responder.

Después de tres largos segundos, dijo: “Mejores amigos”. Me reí. Me ayudó a desvestirme, me quitó los calcetines y me dobló los pantalones. Me ató la parte de atrás de la bata. Me dijo que me veía bien.

Maria Yagoda es escritora en Brooklyn. Su libro más reciente es Laid and Confused: Why We Tolerate Bad Sex and How to Stop.

Enlace al artículo y la fuente: https://www.nytimes.com/es/2024/01/20/espanol/novios-en-las-malas.html